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¿Cuál es el verdadero legado: la empresa o el valor creado?

  • consultor170
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Por Roberto Salas G.


En muchas familias empresarias existe una pregunta que rara vez se formula de manera explícita, pero que tarde o temprano aparece en la mesa familiar o en la sala del directorio:


¿El legado es la empresa, o el valor que esa empresa logró crear?


La respuesta parece obvia; pero, en la práctica, muchas familias terminan confundiendo historia con valor, orgullo con rentabilidad, o tradición con sostenibilidad.


La situación


Las empresas también envejecen, y dependiendo del sector, algunas mantienen olas de crecimiento, y otras declinan sin poder adaptarse o reinventarse. Un negocio que fue brillante hace 30 o 40 años puede perder diferenciación con el tiempo ya que los mercados cambian, la tecnología avanza, los consumidores se transforman.


Lo que ayer era una ventaja competitiva, hoy puede ser apenas un recuerdo. Mientras tanto, la familia crece, y donde antes había un fundador y tres hijos, ahora hay diez primos, luego veinte sobrinos y pronto una nueva generación que tiene menos vínculo emocional con la empresa y más con los dividendos, y allí aparece una tensión peligrosa:


•      La empresa necesita reinvertir para competir,

•      y la familia necesita liquidez para vivir.


Cuando estas dos necesidades chocan, el debate deja de ser empresarial y se vuelve familiar: una de esas discusiones que empiezan con números…y terminan con emociones.


Lo relevante


Las empresas no valen por lo que costaron, valen por lo que pueden generar hacia adelante. Ni los edificios, ni las máquinas, ni el cemento determinan el valor real de una empresa, pues el verdadero valor está en algo mucho más potente: la capacidad de generar flujos de caja sostenibles en el tiempo.


Cuando los fundamentos del negocio son sólidos, crea valor, tiene oportunidades, hay que protegerlo y alimentarlo; pero cuando esos fundamentos empiezan a deteriorarse sin remedio, de forma irreversible, aferrarse a la empresa puede destruir valor de forma sistemática, siendo ese uno de los errores más frecuentes en empresas familiares.


Un caso real


Hace algunos años, dos familias eran propietarias de una importante empresa que había sido exitosa durante décadas, pero llegó un momento en que apareció un problema clásico de la etapa de primos: la familia crecía más rápido que la empresa.


Cada vez había más descendientes fuera del negocio y menos miembros dentro de la operación. Los primos accionistas empezaban a necesitar más dividendos, mientras que la empresa requería más reinversión para seguir siendo competitiva, y la tensión era evidente:

•      unos pedían liquidez,

•      otros pedían reinversión.


Ambas posiciones eran razonables, pero juntas eran difíciles de sostener. La solución fue estratégica y valiente: decidieron vender la empresa a una multinacional ansiosa por entrar al país. No fue una derrota. Dadas las circunstancias fue lo más inteligente, ya que monetizaron el valor creado durante décadas antes de que los conflictos o el desgaste del negocio terminaran destruyéndolo.


A veces vender una empresa no es renunciar al legado, es protegerlo.


El dilema: apegarse a la empresa, o al valor


Cuando una familia empresaria enfrenta este tipo de decisiones, aparecen dos visiones.


Apegarse a la empresa


Pros

•      Preserva identidad y tradición,

•      mantiene el proyecto familiar visible,

•      refuerza el orgullo generacional.


Contras


•      Puede generar conflictos entre accionistas,

•      obliga a reinversiones crecientes,

•      puede destruir valor si el modelo de negocio se agota.


Apegarse al valor creado


Pros


•      Permite monetizar en el momento adecuado,

•      Reduce conflictos familiares,

•      abre oportunidades para nuevas inversiones.


Contras


•      Implica cerrar un capítulo emocional que siempre es difícil,

•      puede generar sensación de “pérdida simbólica”,

•      exige madurez estratégica.


La sugerencia


Actuar como accionistas inteligentes. Las familias empresarias más longevas del mundo comparten una característica común: no se apegan a las empresas, se obsesionan del valor, y tarde o temprano se convierten en holding de inversiones, con oficinas de gestión patrimonial muy objetivas. 


Reconocer que los negocios cambian, que los mercados evolucionan y que las ventajas competitivas se agotan: por eso es preciso pensar a largo plazo en términos de portafolio, no de empresa única. 

 

Si la empresa original tiene fundamentos, se adapta y evoluciona, y es vital aprender a manejar una gobernanza sana empresa- familia, para que las probabilidades de perdurar sean altas.


El verdadero legado es la capacidad de crear valor generación tras generación. Y para ello los facilitadores más relevantes son aquellos principios evidenciados por los fundadores, y el apego a una visión compartida, que es lo que al fin y al cabo representa a toda la familia, al apellido y su reputación.


A veces, proteger ese legado implica tomar decisiones difíciles. Como reinventarse, diversificarse, incluso asociarse o vender a tiempo. Porque al final, en el mundo de familias empresarias, hay una verdad incómoda pero liberadora: el legado no es la empresa que se hereda, es el valor compartido que somos capaces de seguir creando, juntos o separados.

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